La soledad ha sido definida como una pandemia silenciosa que afecta ya a una de cada cuatro personas en los países industrializados, y que tiene un impacto negativo sobre la salud física y psíquica, y sobre la calidad de vida de las personas que la padecen.

Sobre la soledad pesa el estigma de la exclusión, de que aquellos que se encuentran solos son los responsables de su propia suerte.

Se calcula que en España, 2019, había 4,7 millones de hogares unipersonales y más de 2 millones eran personas mayores de 65 años. Estos datos son coherentes con los hallazgos de otros países de nuestro entorno, como Inglaterra.

Las investigaciones cualitativas insisten que entre las personas mayores existe una discrepancia entre las relaciones sociales que se tienen y las que gustaría tener. Con frecuencia, el origen de la soledad es autoatribuido, pues es frecuente que las personas se culpen de la situación de aislamiento que padecen.

Y es que además, sobre la soledad pesa el estigma de la exclusión. De que aquellos que se encuentran solos son responsables de su propia suerte. La soledad no deseada es algo que marca a las personas y tiende a hacerlos responsables de su propia situación de fracaso social ante los demás.

La soledad no deseada está fuertemente condicionada por una serie de determinantes sociales, de modo que las desigualdades están directamente relacionadas con patrones de desventaja social y por lo tanto hay que analizarlo desde ámbitos como la pobreza, el género, la cultura, o la diversidad funcional, entre otros.

Pero hay que entender lasoledad no deseada como como un problema social y público y no solo como un problema individual. Aunque la soledad puede afectar a cualquier persona, su impacto negativo sobre la salud física y psíquica en el colectivo mayor puede ser devastador.

Entre las personas mayores hay un mayor número de factores que pueden predisponer a las personas a lo que se ha llamado “el precipicio de la soledad”, acontecimientos biográficos que abocan a una pérdida de roles, como la jubilación, la pérdida de la pareja, el abandono del hogar por parte de los hijos, el síndrome del nido vacío, etc. Aunque la soledad no es privativa de ningún grupo de edad, sí es cierto que los eventos vitales que dan lugar al precipicio de la soledad tienden a concentrarse en determinadas épocas de la vida, como es la edad avanzada.

El aislamiento tiene correlación con numerosos problemas de salud. Existen investigaciones que muestran que la soledad se correlaciona con la mortalidad prematura y la cardiovascular. Con independencia de la situación económica, la soledad aumenta las probabilidades de mortalidad en un 26%, no solo entre las personas mayores.

Con todo, la identificación de colectivos vulnerables o más expuestos a la soledad puede distraer la atención de los procesos de exclusión social que hacen que la soledad se cronifique

Uno de los ejes del fenómeno de la soledad es el auge del individualismo y el declive de las redes de apoyo social y familiar. Conocido esto ultimo como desafiliación.La desafiliación es un concepto acuñado por el sociólogo Robert Castel para referirse al proceso de desconexión respecto a las regulaciones a través de las cuales la vida social se produce y se renueva; una degradación del vínculo social que ocurre en paralelo al deterioro de la situación económica y que la agrava.

La comunidad es requisito necesario para ser individuo. Parece difícil recuperar hoy en día esa comunidad o vecindad cuando las relaciones sociales se hacen más frágiles a causa de la precariedad laboral, la falta de espacios públicos para el encuentro, la cultura del individualismo a ultranza y la transformación de estructuras sociales básicas: como la familia o el trabajo.

También relegar el mundo de los cuidados a segundo plano es una forma de resolver en falso una de las contradicciones de la sociedad contemporánea. ¿Por qué estamos infravalorando los cuidados? De los cuidados se encargan mayoritariamente las mujeres, derivando en un trabajo precario y a veces ni tan siquiera remunerado.

Se produce la paradoja de que la economía productiva depende de todas esas tareas de cuidado que suelen hacer mayoritariamente las mujeres y que se engloban dentro de las tareas de reproducción social, siendo así que el mundo del trabajo coloniza el tiempo y las energías disponibles para estas tareas y pone con ello en peligro la cohesión social.

Por eso la soledad no deseada obedece a factores estructurales, tales como la desafiliación, que tienden a blindar la economía productiva a expensas de la reproducción y los cuidados, los cuales se marginan, ocultan e infravaloran.

Tenemos una organización dual del trabajo de cuidados. Por un lado, aquellos que pueden, pagan por estas tareas; y por otro lado, están aquellas (principalmente mujeres) que no pueden atender a sus familias porque están haciendo precisamente el trabajo del primer grupo con salarios muy bajos, lo que agranda las desigualdades.

Investigaciones estadísticas, como las emprendida por el Office of National Statistics Británico, señalan que uno de los colectivos más afectados por la soledad es el de las madres solteras, lo cual viene a confirmar los hallazgos de otras investigaciones, que señalan que la dedicación intensiva al cuidado provoca soledad.

Así que la soledad es un fenómeno asociado a factores estructurales como la tendencia a marginar las tareas de la reproducción social en beneficio de la economía productiva.

El cuidado de niños y niñas, de personas mayores, el mantenimiento de las redes sociales informales de apoyo vecinal, y todo lo que se desarrolla en torno a las instituciones de socialización secundaria, son el requisito necesario para el desarrollo de un entorno laboral productivo. Son lo que se ha denominado “Talleres ocultos del capital”.

Otro punto clave es la ambivalente relación del individuo con las tecnologías digitales. La tecnología y, muy especialmente las tecnologías de la información y la comunicación, se han mostrado como instrumentos valiosos a la hora de mantener vínculos personales y laborales durante la pandemia. Asimismo, intervenciones tecnológicas como dotar de un simple teléfono móvil a personas en exclusión o artefactos como la teleasistencia facilitan el contacto y la relación necesarios para afrontar situaciones de soledad.

Sin embargo, también hay estudios que inciden en el impacto negativo que las redes llamadas “sociales” o el mundo virtual tienen sobre el sentimiento de soledad de las personas, especialmente entre los jóvenes. Por no hablar de la brecha digital, la dificultad de acceso a recursos tecnológicos de amplios sectores de la población o el desarrollo de aplicaciones de gestión (en asistencia sanitaria, en banca, en Administración pública...) que son todo menos amables y comprensibles para muchas personas. Así, la digitalización presenta esta doble cara con relación a la soledad y requiere un mayor estudio y análisis.

Las dificultades para acceder y manejar estos recursos digitales hacen que sectores de la población, como muchas personas mayores, se vean excluidos de redes de asistencia, cuidados y recursos.

La pregunta crucial es si la tecnología puede contribuir a la participación en la vida comunal, si genera “comunidad”, una de las características esenciales de nuestra existencia como humanos y cuya privación constituye una clara injusticia social.

El desafío es desarrollar estas tecnologías de un modo inclusivo y participativo, contando con quienes serán sus usuarios, distinguiendo situaciones diversas con respecto a la pericia y la accesibilidad. Es lo que se ha denominado tecnologías entrañables o amigables: abiertas, versátiles (interoperables), controlables, comprensibles, sostenibles, respetuosas con la privacidad, centradas en las personas y socialmente responsables (con especial cuidado de los colectivos más desfavorecidos).

Fuente: Entremayores

Si desea conocer más sobre la soledad, no se pierda el Encuentro que sobre la soledad se va a realizar en la Universidad de Leioa el próximo día 31 de marzo

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