Vivir tantos años es una oportunidad histórica que no acabamos de aprovechar

El prestigioso gerontólogo Javier Yanguasha publicado recientemente un nuevo libro, Pasos hacia una nueva vejez, obra en la que describe los grandes retos sociales y emocionales de la madurez.

Anima a asumir riesgos también en la vejez para que la vida sea algo más que una sucesión de minutos. "Nunca hemos vivido tanto tiempo, el reto ahora es dotar a esos años de contenido", indica Yanguas.

Hay factores intrínsecos y otros ligados al estilo de vida. Envejecer es una mezcla de todo ello. En torno a un 60% depende de factores intrínsecos que no están al alcance del sujeto, pero el otro 40% son variables que dependen de lo que hagamos.

Intento cuidarme en la alimentación y hago deporte habitualmente pero sin llegar a ser un asceta. Me gusta de vez en cuando un gin tonic, que es un buen hidratante del alma. Intento tener proyectos en mi vida, tanto personales como laborales, porque creo que tiene que ver con el sentido, la motivación, perseguir cosas... Intento cuidar de mis relaciones familiares y de amigos. Intento estar presente en la vida de los demás. Intento estar enganchado a la vida..., procuro tener una vida comprometida.

El psicólogo y escritor estadounidense Martin Seligman nos dice que una vida plena es una vida placentera y comprometida con proyectos y personas, que es lo que nos da vinculación. Por eso hay que intentar llevar una vida con sentido y significado, con lo que es valioso para cada uno. Hay que cuidarse para vivir lo más posible en las mejores condiciones sabiendo, eso sí, que esto es una lotería.

Trabajamos mucho sobre la vejez, pero corremos el riesgo de convertirla en un concepto abstracto. Es algo que por un lado sabes que viene, y que por otro lado fastidia que venga. Nadie quiere envejecer. A mí también me gustaría tener el don de la eterna juventud...

Tenemos miedo a la decrepitud, al deterioro y a la muerte. Es algo que se ha visto de manera clarísima durante esta epidemia, en la que ha aumentado el índice de suicidios, la depresión, el nerviosismo, el estrés postraumático, la sensación de soledad... Nos hemos sentido vulnerables, con una sensación de que la vida es finita, de que nos puede pasar cualquier cosa.

Inicialmente parecía que la pandemia era cosa de mayores. Fue un planteamiento bastante edadista (discriminación por motivos de edad), pero luego vimos caer a personas de cuarenta y de cincuenta años. El otro día supimos que ingresaron por coronavirus en la UVI a un menor de doce años.

Aquí estamos un tiempo limitado y es importante buscarle hondura a la existencia para que la vida no se convierta en una sucesión de segundos y minutos. Hay que currárselo.

El cambio ha sido radical. La esperanza de vida en España en 1900 era de 35 a 38 años. En un siglo hemos pasado a hablar de 84 años para los hombres y 88 para las mujeres. Transcurren dos décadas o incluso tres desde que te jubilas. El reto ahora es llenar esos años de contenido. Nunca hemos tenido tanto tiempo para vivir con nuestros padres o para poder compartir experiencias con nuestros hijos. Puedes llegar a los 80 con hijo/as de 50 años. ¡50 años de vida compartida!

A pesar de ello y, paradójicamente, nunca ha habido tanta soledad ni relaciones tan débiles. Tenemos una oportunidad histórica que parece que no acabamos de aprovechar. Parece que no somos conscientes de la necesidad de llenar de contenido la vida. Hace falta tener la íntima satisfacción de que tu vida merece la pena.

La propia sociedad exige ser práctico, productivo, y no dedicarse en exceso a reflexiones ni vidas contemplativas. En la medida que paras y reflexionas, parece que adoptas un comportamiento sospechoso. Parece que el buen mayor tiene que ser hiperactivo, y eso no nos deja tiempo para abrir una ventanita a uno mismo. Pero hace falta parar y darse cuenta de dónde estás, con quién... Tenemos un modelo de vejez pensado en hacer y hacer. Por eso durante la pandemia, sin nada que hacer, no sabíamos cómo gestionar nuestra vida. No había gimnasio, ni compras, ni excursiones. Una vida sin aderezos parece que hoy en día no es vida, cuando no es así. Hace falta tirar de actitud y aprendizaje.

No es un libro pensado en los que son ahora mayores sino en toda la sociedad y, en particular, en quienes somos adultos y vemos que la vejez no está tan lejos.

Esta entrevista ha sido publicada en DEIA

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