La vejez y sus discriminaciones cotidianas

Los estereotipos en torno a lo que significa ser mayor justifican un tratamiento diferenciado en numerosos ámbitos, diferencias que no se entienden como una discriminación, sino como “lo normal” (…)

(…) Creo que de ese imaginario colectivo de qué y cómo es una persona mayor y para qué sirve, arrancan muchas de las situaciones que vivimos a diario (…). Creo que es imprescindible cambiar esa imagen para que muchas otras cosas cambien.

Aunque los investigadores y expertos han señalado hace tiempo que la línea del envejecimiento ha retrocedido al menos 10 años, es decir que lo que el siglo pasado se decía de una persona de 65 o más años, hoy sería aplicable a las de más de 75 y no en todos los casos, 65 años sigue siendo la referencia actual.

Las personas de más de 65 años, que somos en España más de nueve millones (y más de mil millones en todo el mundo, un sexto de la población mundial), constituimos un grupo social heterogéneo: somos muy diferentes, muy diversas, muy plurales. Y, sin embargo, se nos muestra como si todas fuéramos iguales y, además, con una imagen social que no es atractiva, que es tópica y que está anclada en el pasado, teniendo cada vez menos que ver con la realidad. (…)

Actualmente se tiende a asociar la edad cronológica avanzada con enfermedad y pérdida de capacidades, y esto lleva a la creencia de que no podemos ser personas autónomas. Se considera que, por nuestra edad, somos vulnerables y, por tanto, necesitamos muchos cuidados. Esta imagen tradicional y estereotipada lleva a utilizar un lenguaje paternalista, “nuestros mayores” (¿se imaginan a un político diciendo, por ejemplo, “nuestras mujeres”?), a ejercer una especie de sobreprotección, “todo es para cuidar a nuestros mayores” y a infantilizarnos, “los viejos son como niños”.

Hace tiempo busqué en un diccionario de sinónimos la palabra “viejo” y encontré las siguientes: veterano, senil, cascado, caduco, decrépito, deteriorado, vejestorio, carcamal, ajado, gastado… Algunas como vejestorio, carcamal o senil se han convertido incluso en insulto. Estaréis de acuerdo conmigo en que cada una de estas palabras en particular y todas ellas juntas dibujan un perfil con el que nadie quiere identificarse: el de alguien que no aporta, que requiere cuidados y ayuda, que probablemente es una carga. Que no tiene futuro, ni apenas presente. Solo pasado. Y, como nadie quiere que esa sea su fotografía, estamos inmersos en esta gran paradoja: todos queremos vivir muchos años, pero nadie quiere ser viejo. (…)

No se contabilizan los aportes sociales (y también económicos…) que las personas mayores realizamos para nuestras familias, (…) Somos discriminadas en el acceso a seguros (…). A partir de los 75 años, tu DNI tiene como fecha de caducidad el 1 de enero del año 9999 (…), así es prácticamente imposible sacarse una tarjeta de embarque o hacer según qué compras por internet, o realizar cualquier gestión telemática que solicite la fecha de caducidad del DNI pues la mayoría de sistemas no permiten introducir ese número.

En resumen, es urgente crear una nueva cultura del envejecimiento, (…) cambiando la terminología peyorativa, paternalista o infantiloide por otra adecuada a personas adultas. Esto es algo especialmente necesario en los medios de comunicación, clase política y, por supuesto, en leyes y documentos (…).

Modificar esta imagen social tendría, además, efectos prácticos y directos en políticas y acciones de todo tipo:

  • Promover el diseño universal y la accesibilidad para tener casas, transportes y ciudades accesibles para todas y todos, nos beneficia como sociedad y no solo a las personas mayores (…).
  • fomentaríamos más centros de barrio o centros socioculturales abiertos a todas las edades en vez de tener Centros de Mayores o Centros de día separados del resto. Nos sobran muros de separación y nos faltan lugares de encuentro.
  • (…) es imprescindible diseñar nuevos servicios sociales de proximidad que lo faciliten y que, al mismo tiempo, detecten posibles situaciones de pobreza o soledad para ponerles remedio.
  • (…) hay que ampliar las posibilidades de vivienda favoreciendo otras formas de convivencia posibles como pisos tutelados, viviendas compartidas, viviendas intergeneracionales, cohousing, etc.
  • Hay que llevar a cabo un replanteamiento global de las residencias. El cambio imprescindible pasa por poner el foco en las personas, y ajustar a esto la localización (más céntricas), las dimensiones (más pequeñas), el tipo de construcción, etcétera, (…)
  • Impedir que la edad sea el factor clave, prácticamente el único, para determinar qué personas deben dejar su puesto de trabajo si se firma un ERE.

Es cierto que estas razones y argumentos llevan décadas siendo discutidas entre las personas mayores. Ahora que nuestras realidades están, lamentablemente y solo gracias a los miles de fallecimientos durante la pandemia, muy en boca de toda la sociedad y que la sensibilidad en torno a estas cuestiones ha aumentado considerablemente, creo necesario que otro tipo de públicos actualice sus miradas, imaginarios, actuaciones y actitudes hacia las personas mayores y, desde donde cada una esté, promuevan un cambio.

Publicado en el “diario.es” el 7 de abril de 2021 por Loles Díaz Aledo.

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