LA SOLEDAD, ANTES Y DESPUES DE LA MUERTE.
A veces, las noticias son tristes, muy tristes. Son una bofetada de realidad.
Antonio fue hallado en su casa en Valencia, y llevaba muerto 15 años.
Casos como el de Antonio ponen de relieve múltiples dimensiones de la soledad que van más allá de una mera carencia de compañía social: la soledad se manifiesta en su complejidad, con componentes individuales y responsabilidades sociales.
Antonio había perdido contacto con sus hijos, vivía solo, sin visitas, sin amigos o parientes que supervisaran su situación. Aunque vivía rodeado de personas físicas, ninguna gestó una preocupación activa o verificó su estado, ni se alertó formalmente sobre su desaparición.
Los servicios municipales para personas mayores que viven solos del Ayuntamiento de Valencia no han funcionado, ni las redes comunitarias, ni la atención primaria de salud, etc., o no se aplicaron en este caso de forma efectiva y eficaz. Valencia, ciudad amiga de los animales y ciudad del running… ¿es amiga de las personas mayores?
¿Problema social o individual?
La noticia permite plantear la tensión entre lo social (la responsabilidad colectiva) y lo individual. Aquí algunas reflexiones:
1. Responsabilidad social/institucional: aunque hay elementos individuales, este suceso demuestra fallos del sistema de soporte social —vecinal, comunitario, institucional— para detectar, acompañar o supervisar personas mayores en aislamiento.
Somos responsables todos los que vivimos en comunidad —vecinos, servicios públicos, redes sociales informales—, pues nuestro grado de atención, empatía, comunicación y solidaridad puede prevenir tragedias similares.
2. Soledad no deseada vs. soledad voluntaria: es improbable que en este caso la soledad haya sido enteramente voluntaria o aceptada; más bien parece una soledad extrema, de la que no se tuvo conciencia colectiva y que desembocó en una situación límite.
Este caso nos invita a reflexionar que la soledad, especialmente en personas mayores, no es siempre un problema puramente social ni puramente individual, sino una combinación de ambas.
La tragedia de Antonio nos muestra que la soledad extrema no siempre se revela con gritos ni demandas, sino que puede prolongarse en el más absoluto silencio, puede ser invisible a los ojos de los demás. Por ello, más allá de las reformas institucionales necesarias, es urgente un cambio en la ética cotidiana de la convivencia: aprender a mirar, a preguntar, a cuidar sin invadir, a quienes están a nuestro alrededor.
En última instancia, la soledad de uno es también el reflejo de la desconexión de todos.
Autora:
SACRAMENTO PINAZO.
(Profesora de la Universidad de Valencia y Presidenta de la Asociación Valenciana de Geriatría y Gerontología)
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