Nuestra verdad es solo la porción de realidad que percibimos

Había una vez una aldea poblada por completo de ciegos.

Un mensajero anunció a los lugareños que un príncipe que venía de lejos, atravesaba el país a lomos de un elefante. No había elefantes en estas tierras, y nunca habían oído hablar de ese animal.

– ¿Qué es un elefante? preguntaron los ciegos.

El mensajero les explicó que era una bestia gigantesca, y extraordinaria en todos los sentidos. Esto despertó la curiosidad de los ciegos. Discutieron acerca de la forma exacta de un elefante, y no conseguían ponerse de acuerdo, por lo que todos quisieron acercarse al elefante para hacerse una idea de cómo era.

Todos a la vez no podía ser. Por lo que se decidió enviar una delegación de los seis más sabios del poblado.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda hacia donde estaba el príncipe, que les recibió amablemente. Autorizó a los representantes del pueblo a palpar su elefante el tiempo que quisieran. Y así hicieron.

Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces contra el costado del animal. “El elefante –imaginó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” pensó.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y se dijo para sí: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Ah! Lo estoy tocando ahora mismo y aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Llegados al poblado se sentaron bajo una palmera que les ofrecía sombra y se enredaron en una interminable discusión durante horas sin ponerse de acuerdo sobre cómo era el elefante. Cada uno estaba plenamente seguro de lo que conocía.

Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

La noción sobre la Verdad, que cada persona posee, es solamente una pequeña porción de la Realidad que podemos percibir.

 

Los ciegos y el elefante es una parábola originaria de la India, desde donde alcanzó una difusión notable. Ha sido utilizada para ilustrar la incapacidad del hombre para conocer la totalidad de la realidad. En distintos momentos se ha usado para expresar la relatividad, la opacidad o la naturaleza inexpresable de la verdad, el comportamiento de los expertos en campos donde hay un déficit o falta de acceso a la información, la necesidad de comunicación, y el respeto por perspectivas diferentes.

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